2 abr. 2012

Como contar un cuento

amable.
(Del lat. amabĭlis).

 


1. adj. Digno de ser amado.

 


2. 
adj. Afable, complaciente, afectuoso.


Digamos que soy algo charlatana (en el sentido de parlanchina no de embaucadora, claro) y me encanta relatar lo que acontece al mejor estilo de una fábula infantil. Sospecho que se trata de una lógica para recordar cosas que pasan, una forma de guardar lo que acontece de forma más permanente, amparándolas del olvido sistemático al que someto lo cotidiano. Desde el momento en que sucede lo que sucede, eventos y personajes se entretejen en mi mente creando un cuento que la mayor parte de las veces no consigue ser más que una representación infiel de lo ocurrido. De esta lógica -sin embargo- surge el cuento de hoy, la crónica de un viaje atípico:

allá en la escuela
Ese día (esto es equivalente al Había una vez...) conseguí salir de la escuela haciéndole dedo a cualquier auto que pasara, porque -como está muy alejada y dispone de un transporte público de circulación infrecuente- volver de allá es todo un asunto. Y con el/la desconocidx o poco conocidx que maneja el auto de ocasión, aprovecho para charlar de los chicos y las cosas del día. Quien lee entenderá mi sensación si le dijese que ir a la escuela a dar clases me llena, pero sería más precisa si dijese que me vacía porque me despoja de muchos prejuicios, me traslada de lugares comunes y me renueva generando montones de ideas. Siempre salgo entusiasmada, y siempre salgo sintiendo que me falta el tiempo para hacer todas las cosas que quisiera.
El auto que me alejó de esas tierras perdidas me dejó en la avenida. Salí corriendo como siempre, apurada  por llegar al otro trabajo, saltando de una cosa a la otra como siempre, y vi al 102 justo partiendo. Le hice señas al colectivero intentando persuadirlo de su retirada, pero no se detuvo. 
Con todos los gestos de mi cuerpo debo haber dicho no-no-no-por-favor-no-se-vaya-no-no-lléveme-por-favor-por-favor-llego-tarde-porfi-porfi-porfi porque enseguidita el chofer se apiadó y se detuvo unos metros más adelante.
Me subí también corriendo y el colectivo estaba completamente repleto, así que le sonreí mil veces, le agradecí otras tantas y me dispuse a pagar quedándome después contra la puerta, apretadita, quieta y de buen humor.
Venía alegre pensando en escribir sobre colectivos colmados de laburantes, pensaba en un paseo también para aprovechar la llegada del otoño, en hacer una torta de mendicrim, en las clases de química, las mudanzas y las formalidades, en pájara. y popín, en tres regalos de cumpleaños que tengo pendientes, en el contrabajo, en el viaje del sábado, en el libro que quiero llevar, en la carta que aún no mando al hombre del mar y en lo lindo que estaba el día.


Y mientras tarareaba La luz sos vos que sos como un sol de inverno*, los vi pasar bicicleteando entre los autos. Eran tres, hablaban entre si. Configuraban una ruptura en la imagen desbordada de chicos saliendo de la escuela, maletines volviendo del trabajo, perros callejeros, sujetxs impacientes con bocinas gratis, largas colas de los que esperan comprar útiles de escuela o hacer eternos e incomprensibles trámites, puestitos en la vereda con plantas, ropa interior, juguetes, praliné y golosinas, gente que cruza, se saluda, charla, se enoja.... En medio del caos de la ciudad, el chofer fue amable por segunda vez y abrió la puerta para que los charle.


Vos ibas adelante
¿marcabas el ritmo y el rumbo?


Con las puertas del vehículo cerradas, me quedé sonriendo con tu insistente ring ring ring que atravesaba el casco inmenso de chapa y de vidrio.




Pero inmediatamente después de perderlos de vista y, como en esas escenas de cine donde un manso fluir se ve interrumpido por una imagen brutal, la realidad cambió y todos los pasajeros saltaron de sus asientos con un grito escandaloso.

Chofer!
             Quieto! 
                          Pare! 
                                    No siga!

El colectivero esta vez me habla con gesto serio, me pregunta qué pasó, pero no consigo ver nada porque todos están de pie. Gritan que se trata de un hombre en el piso, un señor que se desmayó y no se despierta. Largos segundos! Todos miran sin moverse y sin hablar.
Con rápidos reflejos y por tercera vez amable, el chofer nos pide a todos -calmo y preocupado- que bajemos del colectivo porque llevaría al hombre del piso al médico.

Me bajé empujada por el planeta mismo que se agolpaba para seguir con su día y lamenté no poder saludar al chofer con la sonrisa más dulce de mi semana y no saber más nada del hombre inconsciente.

Fue un día de sorpresas duplicadas y por su naturaleza contradictoria hoy toman forma de anécdota imprevista.  Si, me asombraron los contrastes en el día precioso y además -confieso- quiero preservar el recuerdo porque me sentí menos solaenelmundo sabiendo/idealizando la existencia del chofer: me provoca admiración (me endulza) que haya quienes pese a su entorno hostil, pese a su trabajo agobiante o a un mal día, sostengan un trato cálido y atento con los demás. Suena a pavada, cierto, pero soy extremadamente vulnerable a la amabilidad de los desconocidos.

Fin.



* Sol de Invierno - Me darás mil Hijos


mitocondria.