26 abr. 2012

De Chuequistas y Overlokas



Aviso
La palabra chuequista no está en el Diccionario.



Una discusión en torno a los talleres textiles 

Colectivo Simbiosis / Colectivo Situaciones
Ediciones Tinta Limón, 2011


Pensado y escrito como un debate que incluye muchos temas, pero que elije transcurrir y organizarse pensando y cuestionando los talleres textiles en Argentina (y los estereotipos que circulan sobre ellos), De chuequistas y Overlokas presenta varias voces, todas alejadas de las caricaturas mediáticas, de las poses académicas y de las explicaciones simples. Todas comprometidas, todas parte de una realidad poco aprehendida por muchos/as de nosotros. 

Todas difíciles. 
Todas conmovedoramente interesantes. 

El libro (preciosa presentación autogestionada de la iniciativa editorial Tinta Limón) comienza con una conversación colectiva con Silvia Rivera Cusicanqui [1] (conversación intervenida a posteriori con más reflexiones al pie y seguida por una síntesis “en espejo” a cargo de Juan Vázquez, del Colectivo Simbiosis Cultural). 

La polémica no tarda en llegar. Silvia introduce la idea de que el Tallerista (aquel que monta el taller –aunque no sea siempre su dueño- y “contrata” a las/los costureros) muchas veces organiza el trabajo a destajo del taller basado en cierta dominación legítima producto de las ideas colectivas que circulan sobre cuál debe ser el derecho de piso a pagar para ingresar en una dinámica que (dice ella) no puede ser sólo de explotación, de esclavitud [2]. Ahí nomás comienzan las citas al pié. ¿Que quiere decir legítima? ¿Puede pasar lo mismo en Bolivia? ¿La producción en taller puede funcionar allá basada en el sistema de “cama caliente” como funciona en Buenos Aires?  


“No” dicen los miembros del Colectivo Situaciones, porque aquí se fomenta y se aprovecha (el Tallerista y quienes vienen detrás/arriba de él) la falta de redes, de contactos y muchísimas veces, la falta de “legalidad” de quien se emplea para mantenerlo/a en condiciones extremas de trabajo. Advierten al mismo tiempo que la simplificadora categoría de “trabajo esclavo” (que tanto se usó en la prensa argentina) plantea una secuencia que tampoco los convence: la del “esclavizado que necesita ser liberado”, una imagen que es victimizante y que no permite “desentrañar el cálculo que subyace a la dinámica de los talleres textiles y a toda la red económica, cultural y política que movilizan” que incluye mucho más de lo que a simple vista se ve (como las radios, boliches y clínicas asociadas a ellos). 

La discusión continúa. La Salada. Las asociaciones y representaciones de la “bolivianidad” (asociaciones vinculadas a los talleristas que muchas veces impulsan un estereotipo del boliviano/a definido por sus conveniencias y sus valores). La relación del tallerista con la policía, con el gobierno y con la justicia argentina. Evo. La conflictividad, el sometimiento y otros mecanismos dentro del taller y fuera de él. 

Se suman (se chocan, se rebelan) otras voces; la del ex Consul de Bolivia en Buenos Aires José “Gringo” González (señalado como quién enfrentó y sufrió el hostigamiento de un sector mafioso de talleristas de Buenos Aires), Gustavo Vera (referente de La Alameda - Asamblea Popular y Cooperativa de Trabajo “20 de Diciembre” de Parque Avellaneda, Buenos Aires) y Alfredo Ayala, dirigente de ACIFEBOL [3]

Otra ronda, más breve pero no menos sugestiva. La relación de los talleres con la producción textil “legal” de la Argentina. Las grandes (sic) marcas de ropa. Los grandes (gulp!) medios de comunicación y sus auspiciantes (o protegidos). Los sindicatos. 

Y la cosa no queda ahí. Tres entrevistas más cierran el libro y abren la ventana a distintas experiencias personales vinculadas a la vida en los talleres: Delia, joven boliviana devenida en activista cuenta sus idas y sus vueltas, los cálculos que la hicieron dejar sus estudios en Comunicación Social y venir a trabajar a argentina a partir de una red familiar (algo muy común) en la que conoció y sufrió la especial (sic) econonomía productiva de los talleres. Geraldine, trabajadora/secretaria en un consultorio de médicos bolivianos que atienden, casi exclusivamente, a trabajadores/as de los talleres clandestinos, organizando (dice ella) “una maquinaria articulada” que esconde y “aceita” las condiciones del taller. Por último René describe y opina sobre las diferencias, conveniencias y características del taller frente a la fábrica textil, pensando en la sindicalización, en los derechos, en la forma en que se produce (imbricadamente) entre talleres y fábricas. 

Un torbellino de 100 exactas páginas para empezar a pensar.

Se presentan así... 



Tinta Limón es una iniciativa editorial colectiva y autogestionada. Una apuesta por aquellos textos que exigen un esfuerzo encendido para ser inteligibles. Si la tinta limón fue uno de los modos de la escritura clandestina, volvemos a requerir de ella con una exigencia contemporánea: la de escapar de lo obvio y orientar el pensamiento en la labor cotidiana de forjar experiencias de construcción.
Una nueva clandestinidad, entonces, para evadir nuevas prisiones: aquellas que nos recluyen en la banalización de lo que hasta ayer fueron instrumentos de lucha, en la destrucción de lo común y en la normalización de nuestras vidas.
La tinta limón reclama siempre un trabajo de visibilización: aquel que hace emerger una narrativa política, un tejido de nociones, y un movimiento del pensamiento que crea nuevos lenguajes para nuevas prácticas. Que nombra lo que hasta entonces no tenía palabra.


Aunque preferimos incentivar a que se compre (y se sostenga así la iniciativa editorial) nobleza obliga: el libro está accesible on line en http://tintalimon.com.ar



[1] Intelectual y militante boliviana, autora entre otras cosas de Ch`ixinakax utxiwa. Una reflexión sobre prácticas y discursos descolonizadores editado también por Tinta Limón en el 2010.
[2] Si fuera sólo así no se podría explicar la corriente migratoria tan importante hacia argentina, hacia los talleres, de los últimos 10 años.
[3] Asociación Civil Federativa Boliviana